«Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley.» (Gálatas 4:4 NVI)
Durante mi infancia, todas las Navidades terminaban igual. Mi padre las arruinaba. Se decepcionaba con lo que recibía o no recibía y se enfurruñaba. Se enojaba por algo que alguien decía y se armaba una discusión, o la comida no estaba del todo perfecta y estallaban las quejas. Llegué a temer el día de Navidad, esperando su explosión. Después de esperar tanto y anticipar la alegría de la Navidad, el día en sí era cualquier cosa menos gratificante.
¡Qué diferente debió ser la primera Navidad para María y José, cuando en la plenitud del tiempo el Hijo de Dios llegó a sus vidas! Cualquier incomodidad o decepción que pudieran haber sentido con respecto a su alojamiento o por tener que acostar al bebé en un humilde pesebre debió disiparse después de la visita de los pastores, pues leemos: «Pero María guardaba todas estas cosas en su corazón y las meditaba.» (Lucas 2:19 NVI)
El cumplimiento de la promesa que el ángel Gabriel le había anunciado a María, y que le reveló a José en un sueño, de que el Espíritu Santo vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, para que el santo que nacería fuera llamado Hijo de Dios, se había hecho realidad. Una verdad de la que los pastores dieron testimonio a todos los que encontraron. El bebé, a quien Gabriel había instruido que se llamara Jesús, porque salvaría a su pueblo de sus pecados, había nacido (Véase Lucas 1:26-35 y Mateo 1:21).
¡Qué regalo! ¡Qué milagro! ¡Qué esperanza yacía en ese pequeño ser humano! ¡Qué cumplimiento de la promesa de Dios, desde el principio de los tiempos, de que nacería un Salvador para liberar a su pueblo de la esclavitud del pecado! ¡Cómo debieron regocijarse los corazones de María y José aquella primera Navidad al contemplar el rostro de Aquel llamado Jesús!
Esta Navidad, cada uno de nosotros puede tener planes: planes para un día de Navidad perfecto. Me pregunto qué sucederá si esos planes salen mal. ¿Nos quedaremos con sentimientos de decepción, insatisfacción o incluso enojo? ¿O elegiremos con alegría abrazar la verdad de la promesa cumplida de Dios, una promesa que trajo y sigue trayendo buenas noticias de gran gozo para toda la humanidad? Un Salvador les ha nacido; él es Cristo el Señor, Jesús, quien aún hoy salva a su pueblo de sus pecados.
¿Plenitud y alegría esta Navidad, sin importar los contratiempos, las decepciones, el enojo o el vacío? La decisión es nuestra.
Oración: Padre Dios, gracias porque podemos confiar en que cada una de Tus promesas se cumplirá a Su debido tiempo. Te agradecemos especialmente esta Navidad por el cumplimiento de Tu promesa de enviar a Jesús, quien nos salva de nuestros pecados. En el nombre de Cristo. Amén.
Lynne Phipps
Tawatinaw, Alberta, Canadá
Traducido al español por Pascal Lambert
