“Entonces verán cómo todo estudiante bien formado en el reino de Dios es como el dueño de una tienda general que puede encontrar cualquier cosa que necesites, ya sea vieja o nueva, justo en el momento en que la requieres”. (Mateo 13:52, versión *The Message*)
Esta semana, mi hijo mayor aprendió a usar el tractor cortacésped para segar nuestra parcela de acre y medio. ¡Es toda una hazaña para un niño de 11 años, ya que hay muchas zonas de la propiedad que no son fáciles de cortar!
Cuando terminó, lo único que quedaba pendiente era la zanja de drenaje, que en ese momento estaba llena de barro. Para no dejar el trabajo a medias, decidí cortar yo mismo esa pequeña sección. ¡Solo tardé cinco minutos en quedarme atascado! Como ven, ¡soy todo un especialista en “tractorología”! Pero aquello no parecía suponer ningún problema. Pensé que bastaría con levantar el tractor y sacarlo del barro.
O eso creía yo…
El tractor parecía sentirse atraído por el barro, porque cada vez que intentaba levantarlo, la máquina parecía querer volver a hundirse en él. No pasó mucho tiempo antes de que el tractor —y el barro— ganaran la batalla; allí quedó el vehículo, con una de sus ruedas completamente enterrada. ¡Qué desastre!
Finalmente me di cuenta de que la situación superaba mis habilidades, así que llamé a mis tropas (¡mis dos hijos, de 9 y 11 años!). Nos reunimos alrededor e intentamos levantar el tractor entre todos. Pero el apego de aquel barro hacia mi tractor debía de ser profundo; ¡se negaba a soltarlo!
“Señor, ¿qué debo hacer?”
Apenas había pronunciado esta oración cuando vi una camioneta dirigiéndose hacia mi casa. Esperábamos a la persona encargada de limpiar las alfombras. ¿Sería él? Si así fuera, ¡había llegado antes de tiempo!
El vehículo se detuvo al borde del camino y el conductor bajó la ventanilla. “Consigue una cadena y te sacaré de ahí”, dijo.
¡Supongo que no era el técnico de las alfombras!
No tenemos cadena, pero mi hijo menor tenía una cuerda corta que usa como lazo, y el conductor ató rápidamente un extremo al tractor.
“¿Qué clase de nudo es este?”, preguntó uno de mis hijos.
No hubo respuesta.
“Debe ser marinero”, sugerí.
El hombre simplemente sonrió, al igual que su amigo.
Engancharon el otro extremo de la cuerda al remolque de su camioneta y, mientras nosotros empujábamos el tractor desde atrás, él lo sacó lentamente del barro. ¡Por fin el tractor salió de la zanja!
Agradecimos profundamente al hombre, pero él solo sonrió y se alejó por el camino en la misma dirección de donde había venido. Qué extraño. ¡Era como si hubiera recorrido ese camino con el único propósito de ayudarme!
Me disponía a arrancar el tractor cuando mi hijo de 9 años, que había estado observando cómo se alejaba la camioneta, gritó: “Papá, papá, esa camioneta acaba de desaparecer”.
Pensé que se refería a que la camioneta estaba fuera de la vista —que había pasado detrás de los árboles— y así se lo dije.
“¡No, no!”, insistió. “Simplemente desapareció. ¡Deben haber sido ángeles enviados por Dios!”
Nos detuvimos allí mismo y dimos gracias a Dios por proveer para nosotros. En nuestro momento de mayor necesidad, cuando humanamente era imposible resolver nuestro dilema, Dios había respondido a nuestra súplica.
No sé si aquellos dos hombres eran ángeles o no —y probablemente nunca lo sabré hasta llegar al cielo—, pero estoy seguro de una cosa: ¡Dios nos brindó la ayuda que necesitábamos!
¿Te enfrentas a un dilema imposible? ¿Estás desesperado y no sabes cómo salir de tu pesadilla? ¿Te encuentras atrapado en pecados persistentes y desagradables? Acude a Jesús y pide Su ayuda. Él es fiel y proveerá. La ayuda está a solo una oración de distancia. ¿Qué esperas?
Rob Chaffart,
Fundador de Answers2Prayer Ministries.
Traducido al español por Pascal Lambert.
